(escuchando BB King, one kind favor. ochenta y tantos años de blues, qué maestro)

el maestro de marionetas lleva meses encerrado en su taller. rodeado de virutas de madera, herramientas viejas y punzantes, de restos de comida y vasos de barniz medio llenos. todo huele a cola y a serrín, a plástico caliente y a tabaco. en lo más alto de la pared norte, un ventanuco deja entrar el aire gélido del invierno. pero él no tiene frío, está demasiado ensimismado para sentir nada. sabe que ya no le queda mucho tiempo, que su corazón y sus pulmones están a punto de perder la partida con Cronos, que este será el último trabajo que termine. pero tiene que terminarlo. ya queda poco. le encaja el brazo en el hueco y, con cuidado para que no le duela, aprieta la tuerca que lo sujeta. comprueba que el movimiento del hombro y del codo sea fluido. le añade dos gotas de aceite y vuelve a comprobarlo. ahora está perfecto. se frota los ojos con el índice y el pulgar. abre la tapa de la espalda y conecta los dos cables, uno rojo y uno negro, a las dos entradas de audio. ya está. cierra la tapa y la atornilla
con cuidado. ahora sólo tiene que vestirla. la mira un instante antes de ponerle la camisa. es perfecta. esta vez sí. le pone la ropa despacio, como si se tratara de una hija recién nacida. ya está. se aleja unos metros. sonríe. cuando nota una punzada en el corazón frunce el ceño. se lleva la mano al pecho, apretándolo con fuerza, como si pudiera detener el ataque al corazón. se tambalea. tiene que ponerla en marcha. sólo tiene que llegar a la mesa. la marioneta mujer se mantiene inmóvil, con los ojos abiertos, hechos de cristal frío. cae de rodillas y estira el brazo para alcanzarla. no lo consigue. el último aliento es para sus ojos, dos canicas de colores que puede que nunca brillen por sí mismas.

abandonamos nuestros sueños por miedo a poder fracasar, o lo que es peor, por miedo a poder triunfar. Sean Conney, descubriendo a Forrester.