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cardiología mundo grúa

click

el miedo paraliza, leo en algún sitio. pero también es el que te obliga a avanzar. tal vez si no fuera por el miedo, por el ruido intrigante que le dejó sin alma y obligó a la sangre a no moverse ni un milímetro por las venas, no hubiera entrado nunca en aquella puerta que daba al jardín impensable y secreto, ese en el que encontró una cueva en la que había músicos de jazz gritándole muy bajito cada pedazo de alma rota. el miedo es el que hace que enciendas la linterna para iluminar las paredes de la cueva, continúa el texto, para encontrar el camino que llevará a Ulises a Itaca, o a ti al próximo bar en el que beber hasta perder el control, que decían aquellos en aquella canción, justo hasta el punto en el que dejes sangre en el cuentakilómetros de la moto. es el único que te pone en guarda, que te dice que pasa algo, justo cuando crees que los minutos serán plácidos y no te arrastrará el tsunami de letras gigantescas con exclamaciones al final, que te dejan sin aire ni voz ni nada. es el que le hizo bajar la cabeza justo en el momento en que se acercaba aquella palabra, como una bala disparada a bocajarro, en la sien, en el punto justo donde perdía la conciencia, aunque no era consciente, para que pasara de largo y quedara incrustada en la roca, donde casi no podía hacer daño a nadie. el miedo es necesario, también. pero sólo para que sepas que lo que estás a punto de hacer es una solemne estupidez. como subirte a este barco para dar la mano. y luego lo hagas, claro.

Vamos a necesitar un barco más grande
Roy Scheider, Tiburón

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cardiología

fusibles

que salten los fusibles a las siete de la mañana tiene consecuencias imprevisibles. todo se para. todos los aparatos de la casa pierden su cadencia y el ritmo entra en pausa, como cuando los superhéroes chasquean los dedos y se abren paso entre los malos para llegar al quid de la cuestión. pero tú no llegas a ningún quid. porque todo está parado. incluidas las conexiones emocionales y neuronales de un cableado que, ya de por sí, se movía por instinto, por costumbre, por necesidad o por miedo. desde fuera, ese equilibrio precario sobre el que se mantienen algunos enlaces entre palabras y miradas no parece tener ningún tipo de coherencia, pero, desde dentro, rodeado de cables y moviendo los hilos casi sin rozarlos por miedo a las morir electrocutado, tiene una lógica mucho más densa que la de los dibujos de trayectorias de aviones en tiempo real más caóticos. y cuando se corta la electricidad, todo queda como en un estado de pausa estática, como el café frío, imbebible si no lo calientas un poco o un mucho o le añades un hielo para que se congele definitivamente y puedas disfrutar de la energía que inyecta. y hay que reiniciar, volver a poner la hora en el horno, en el reloj despertador que se enchufa y que tienes (todavía no los has tirado?) de cuando estudiabas y que también es una radio que ya no usas para no molestar, y aquellos aparatos que no pensabas que tuvieran un reloj que se ponía en hora a mano. tienes una obsesión con los relojes, me dice. pero lo sigues reiniciando todo, porque necesitas un orden y que la partitura tenga un sentido, aunque luego improvises y sea todo jazz. el sentido tiene que estar ahí, es (casi) obligatorio. pero lo que preocupa no es tener que reiniciar, aunque los mecanismos pierdan un poco de fuerza, casi nada, cada vez que lo haces. eso no es lo que me mantendrá otra noche en vilo. es todo lo que viene antes del salto de los plomos lo que se transforma en arenas movedizas y se come tus pies para que debas avanzar de rodillas hacia arriba, pero quedarte con las plantas clavadas en el suelo de rodillas hacia abajo. por eso te rompes, por eso transforma. por eso saltan los fusibles. porque el voltaje ha cambiado.

me acuerdo!
Ellen DeGeneres, Buscando a Nemo

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cuarentena

cemento

tal vez me dijeras que esto era un error desde el primer día. no lo sé, porque hay días en que no soy capaz de escuchar nada de lo que dices ni de comprender tus argumentos ni nada de nada. pero la tozudez siempre ha sido una de mis mejores virtudes (llámalo virtud o tozudez, tú decides). no la tozudez de las mulas o los bulldogs, que se quedan paradas en el sitio, con el culo pegado a la tierra, y es como arrastrar un bloque de cemento tirando de una cuerda muy fina. sino la de no me voy a rendir por mucho que me digas, la de el corte es profundo y me estoy haciendo sangre, lo sé, pero aquí sigo dándome contra la pared, que cederá en algún momento. aunque no ceda. aquí seguiremos. pues eso. que tal vez me lo dijeras, pero también puede que esta sea la primera vez que te veo diciéndolo con cara de no, no estoy bromeando. y no sé si mi mejor virtud se va a olvidar un rato de ti y se marchará a Los Monegros en moto un par de semanas a estar en silencio o en una rave, hasta que se me pase. o si, simplemente, no era tan dura como creía y no podrá seguir en sus trece porque en realidad sólo eran nueve o diez. no lo tengo muy claro. la cuestión es que hay poco más que decir, verdad? porque he estado dándole vueltas y tengo dos opciones, la tozudez sin reproches pero sí lucha, mucha lucha, hasta el último día (o eso dijo la doctora el otro día), o un billete de barco para mí y la moto a dónde sea. tengo que pensarlo, en cuanto tenga dos minutos, lo hago. o alguno más, porque dos minutos no cubren ni el primero de los interrogantes. cómo se piensa una cosa así, por cierto? en realidad es posible que no tenga que pensarlo y sólo sentirlo en las tripas, justo donde está ahora. doy otro trago al café con leche y un mordisco a la tostada. miro por la ventana. la tormenta está ahí, en la esquina de la sierra, a punto de caramelo y de agua con rayos y truenos. me llamas desde la cama. la voz te pesa, como el resto del cuerpo. lo sé, he oído quejarse la máquina que te mantiene con vida (es duro vocalizarlo, pero es la realidad) hace unos cinco minutos, en el primer aviso. estiras las palabras y mi nombre se hace elástico en el aire, como si cada letra recorriera los escalones que separan los pisos y nuestras vidas. voy, contesto.

Honestamente, estoy convencido de que mis tripas piensan con el culo.
John Cusack, Alta Fidelidad.

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cardiología

veamos

digo que hace falta.
como una necesidad.
con lo que hay por contar,
por leer y por escribir.
veamos si se puede.

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cuarentena

cambio

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cuarentena

encierro

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cine

física

(escuchando popstastic radio, que las otras emisoras han desaparecido del dial en el estudio)

hay películas que en las que los personajes hablan mucho con muy pocas palabras, que transmiten emociones sólo con actores, que obligan a pensar aunque no quieras, que tienen largos discursos entre muy pocas líneas, que narran historias que obligan mantener casi infinitas conversaciones a la salida. hay películas físicas.

Delphine: nunca había estado en el sur. es raro.
Carole: no respires demasiado.
Delphine: me referÌa al paisaje. en mi casa no es así. allí la tierra siempre parece inundada. aquí, cuando paseas, el terreno es firme. los pies te rebotan y eso te da impulso. en mi pueblo, incluso en verano, se te hunden los pies. la tierra te traga. tienes que luchar por andar. sabes a qué me refiero?
Carole: sí, creo que sí.

Izïa Higelin & Cécile de France, la belle saison (traducida libremente como un amor de verano)

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mundo grúa

resaca

(escuchando popstasctic radio. the shins, it’s only life)

en la panadería, una señora compra una barra de pan de harina de xeixa y un señor con un marcado acento alemán pide un pan de centeno. en la terraza del bar de enfrente, una chica bebe despacio un café con leche, mientras sube los dedos arriba y abajo de la pantalla del móvil. un chico mira, nervioso, a la chica que, por fin, accedió a desayunar con él antes de entrar a trabajar un lunes como hoy. consiguió hablar con ella la noche del jueves, en la playa, junto al círculo de velas en el que acababa de quemar su nombre en un papel. ella mira hacia la puerta, esperando incómoda al camarero para pedirle la cuenta. un grupo de trabajadores de una empresa de limpieza ha terminado su jornada y fuma frente a la fachada de unos grandes almacenes de ropa, tirando la ceniza y las colillas al suelo. un hombre pasea a su perro atado y sujeta con guantes de látex la correa y las bolsas de plástico negras, por si el animal decide aliviar la tensión de la noche. algunos corredores (palabra que traducida significa runners) regresan a su casa a limpiarse bajo la ducha todas las toxinas que han expulsado. otros, en dirección contraria, se dirigen a lo propio. todos llevan auriculares puestos. una joven camina y escribe mensajes en el móvil, aislada de silencio matutino del centro de la ciudad. una pareja de camareros abren las sombrillas y colocan sillas de lo que será otra terraza en el paseo. ella se ríe a carcajadas de una historia que le ocurrió a él el sábado por la noche. un matrimonio desayuna ante dos cafés con leche sin dirigirse la palabra y desliza los dedos por la pantalla de su teléfono inteligente que no sabe qué consejos dar en una situación como esta. una madre le entrega, con algo de miedo, su hijo a la abuela, explicándole que en esta bolsa hay una muda, por si se le escapara el pipí, que aún no lo tiene muy controlado. ella le mira con cara del que conoce las reacciones de los más jóvenes porque pasó por ello años atrás y porque tú eres la pequeña de cinco, pero la deja hablar. una joven que no llega a los veinte años vestida con ropa y complementos y teléfono de marcas visibles y carísimas, espera en la puerta de unos grandes almacenes a que abran. se le unes dos señoras y un señor con bastón jubilados. un taxista espera, paciente, a un grupo de turistas que arrastran sus maletas, cansados tras una semana demasiado intensa para ir mañana a trabajar. el crucero más grande del mundo desembarca en el puerto y descarga seis mil visitantes que, durante cinco horas, recorrerán las calles de la ciudad. un hombre duerme sobre un banco bajo un montón de mantas demasiado calientes para la época. los trabajadores de las franquicias y algún comercio levantan las barreras y empiezan a abrir al público. un camión de agua rezagado termina de limpiar los restos de la fiesta de ayer frente al puerto. luce el sol y subirán algo las temperaturas. tres de cada cuatro ciudadanos en edad de votar lo hicieron ayer. todo sigue igual.

recuerda Red que la esperanza es algo bueno, quizá lo mejor de todo y las cosas buenas no mueren. Morgan Freeman, cadena perpetua.

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microcuentos

encerrado

(escuchando black rebel motorcycle club, specter at the feast)

llamaron a la puerta por primera vez en tres años, ocho meses y seis días. se sobresaltó. vivía al margen del mundo real, del tráfico, de las calles, de la gente. su única conexión era lo que veía a través del doble cristal de protección del apartamento del piso veinticuatro. era un habitáculo de veintitrés metros cuadrados en los que tenía todo lo necesario para sobrevivir durante el tiempo que llevaba encerrado. un váter, un lavabo, una ducha, que también utilizaba para lavar y tender la escasa ropa que tenía (dos mudas compuestas por calzoncillos, camiseta interior y calcetines, mono de trabajo y zapatillas deportivas), un mueble a modo de cocina que contaba con dos fogones, un cajón (con dos cubiertos completos), un armario (con algunos utensilios), un escurridor y una campana extractora, una cama de dos metros por uno treinta, una mesa de tres metros de largo y dos sillas, una en cada extremo. en uno de ellos, el que estaba más alejado de la ventana, había dos ordenadores portátiles y un sobremesa que utilizaba como servidor. sobre una cajonera, cinco libretas de doscientas hojas cada una, dos cajas de lápices del número 2, diez gomas de borrar y tres sacapuntas. en una de las paredes podían verse las marcas de una una puerta camuflada. una vez al día, siempre mientras se duchaba, a las seis y treinta y cinco minutos de la mañana, recibía las raciones de comida que había contratado la semana antes de encerrarse. eran alimentos perecederos de producción ecológica, fruta, verdura, carne, pescado, pasta fresca, que constituían las cinco comidas diarias que él mismo cocinaba o preparaba. todas las dosis habían sido perfectamente calculadas para mantenerse en unos niveles adecuados de nutrientes, proteínas, vitaminas y energía, que le permitían continuar con la misión que se había propuesto. al terminar cada comida, lanzaba los restos a un triturador de basura situado bajo los fogones, que se deshacía de cualquier cosa que caía en sus cuchillas, fregaba los platos, los ponía a escurrir. era una vida de rutinas muy marcadas, que debía seguir sin pensarlo siquiera, ya que todas y cada una de sus neuronas debían concentrarse en el diseño, usabilidad y programación de un solo proyecto. su proyecto. su misión. y hoy era el último día, hoy el mundo entero lo sabría, hoy lo publicaría todo y sería el principio de una nueva era. volvieron a golpear la puerta, esta vez con insistencia.

Norman Stansfield: traedme a todo el mundo.
hombre de Stansfield: qué quieres decir a todo el mundo?
Norman Stansfield: a todo el mundo!

Gary Oldman & Keith A. Glascoe, Leon, el profesional.

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cardiología por la red

carta

queridos hijos,

no he sido nunca mucho de dar consejos (aunque es cierto que me paso de dirigir y no debería). y hacer listas de cosas que hay que hacer para seguirlas como dogma de fe es casi tan peligroso como creer que hay alguien ahí arriba que lo controla todo y que, en el fondo, tu no tienes nada que hacer con tus malditas desgracias o magníficas alegrías. pero creo que, ahora que estáis aprendiendo a leer, es buen momento para, como hizo Jesús Terrés hace tiempo (al que le copio algunas, por magnífico), poner algunas ideas por escrito, por si algún día os apetece pasar los ojos sobre ellas y, quién sabe, incluso tomarlas en consideración para poder saber de qué habla este señor cuando se habla de vivir.

leed, leed, leed. todo lo que caiga en vuestras manos. la selección vendrá con los años y los libros, los cómics y las revistas. en papel y en píxel, vosotros elegís el formato.

escuchad música sin medida. dejad que entre en vuestras neuronas y que se mueva por todos los músculos, incluido el corazón. sobre todo el corazón. de todo tipo (hay que saber qué es para poder decidir). eso sí, no os olvidéis de esos discos que vuestro padre siempre os dice que son magníficos.

probad comidas que nunca imaginasteis, combinaciones imposibles y platos de los de no me creo que esto esté a punto de entrar en mi organismo. cocinar es un arte y una expresión de amor.

qué puedo decir del cine que no os haya dicho ya? más. siempre más. clásicos, modernos, de niños y de adultos. más.

largaos de este lugar durante un par de años. y luego volved. aunque sea para volveros a marchar. los ojos se abren y las manos y la cabeza también.

estad solos un tiempo. la perspectiva es otra. vivir contigo es toda una aventura.

viajad en pareja, con amigos y solos. mucho, todo lo que os dé el dinero. y, cuando no haya dinero, inventad nuevas fórmulas para seguir el camino.

reíros. el sentido del humor sirve para mucho más que para una noche con amigos.

cuidad vuestro cuerpo. es el único que tenéis y hay cosas para las que no hay vuelta atrás.

amad con todas las consecuencias, sin miedo a caeros una y otra vez. cada caída, cada herida, cada puñetazo, dibuja una nueva cicatriz que modelará lo que sois cada minuto. levantaos con un error y disfrutad de cada acierto. aunque luego creáis que es un error. nada es un error.

no dejéis que el dinero os guíe, pero sed conscientes de lo que significa no tenerlo.

mirad las cosas con vuestros propios ojos. no es lo que miras, es cómo lo ves.

no hagáis caso del no hagas esto, no escuches esto, no mires esto, no juegues allí, no te rías ahora. dejad que las cosas salgan de vuestras tripas y emociónate con cada una. resistid.

y, parafraseando al inspirador de esto, no os vendáis.

rock’n’roll. José Coronado, no habrá paz para los malvados.