el miedo paraliza, leo en algún sitio. pero también es el que te obliga a avanzar. tal vez si no fuera por el miedo, por el ruido intrigante que le dejó sin alma y obligó a la sangre a no moverse ni un milímetro por las venas, no hubiera entrado nunca en aquella puerta que daba al jardín impensable y secreto, ese en el que encontró una cueva en la que había músicos de jazz gritándole muy bajito cada pedazo de alma rota. el miedo es el que hace que enciendas la linterna para iluminar las paredes de la cueva, continúa el texto, para encontrar el camino que llevará a Ulises a Itaca, o a ti al próximo bar en el que beber hasta perder el control, que decían aquellos en aquella canción, justo hasta el punto en el que dejes sangre en el cuentakilómetros de la moto. es el único que te pone en guarda, que te dice que pasa algo, justo cuando crees que los minutos serán plácidos y no te arrastrará el tsunami de letras gigantescas con exclamaciones al final, que te dejan sin aire ni voz ni nada. es el que le hizo bajar la cabeza justo en el momento en que se acercaba aquella palabra, como una bala disparada a bocajarro, en la sien, en el punto justo donde perdía la conciencia, aunque no era consciente, para que pasara de largo y quedara incrustada en la roca, donde casi no podía hacer daño a nadie. el miedo es necesario, también. pero sólo para que sepas que lo que estás a punto de hacer es una solemne estupidez. como subirte a este barco para dar la mano. y luego lo hagas, claro.
Vamos a necesitar un barco más grande
Roy Scheider, Tiburón

