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mundo grúa

mañana

(escuchando Jimi Hendrix, axis bold as love)

a las siete y media de la mañana, el autobús se detiene en su última parada. final del trayecto. las puertas se abren y bajan una veintena de personas. todos son trabajadores de clase social media, que se ganan la vida limpiando los chalets de los que pasan los meses de más calor cerca del mar. cocinan, arreglan sus jardines o llevan su contabilidad doméstica. sus ojos se abren con los primeros rayos de sol, desayunan y salen de sus casas en los asentamientos que rodean las ciudades, más allá de los muros. algunos caminan más de una hora hasta llegar a la parada del autobús que les llevará a su lugar de trabajo. otros, los que todavía tienen algún privilegio y mantienen sus pisos en los viejos edificios de una docena de plantas que se construyeron a principios del milenio alejados del centro, ya han hecho un largo trayecto en autobús para poder subirse al que ahora les acaba de dejar en la zona costera. caminan en grupos de tres o cuatro, habitualmente formados por afinidades de años atrás, cuando casi todos se las podían permitir. se cuentan el fin de semana, se ríen, se pisan las palabras, bromean. al llegar a una barrera metálica pintada de blanco de tres metros de altura, uno de ellos, un jardinero, se despide del grupo. pulsa un botón situado en la columna de la izquierda y espera. el objetivo de la cámara de seguridad murmura que le está enfocando. el hombre mira hacia arriba y saluda con la mano. suena un zumbido metálico y la pequeña puerta central situada en el centro de la placa blanca que sirve de muro se abre. tira de la manecilla y espera a que la chica que limpia y cocina, que andaba algo más atrasada, la atraviese. buenos días, preciosa, le dice. ella contesta buenos días con una enorme sonrisa sonrojada. esa noche saldrán por primera vez a beber cerveza y serán muy felices, pero aún no lo saben. mientras la puerta está abierta, desde fuera puede verse un enorme jardín con una piscina de unos quince metros de largo. al fondo, un columpio y un porche con sofá, butacas y una mesa de centro. la casa tiene más de cuatrocientos metros cuadrados, dos plantas y una enorme hiedra que decora la fachada de verde. al cerrarse la puerta, el pequeño universo se encierra entre sus muros y el resto continua caminando hasta su correspondiente chalet. a la misma hora, en la rotonda desde la que se accede a la autopista que atraviesa los muros y entra en la ciudad, un grupo de una decena de chicos jóvenes esperan sentados en la barrera de aluminio. a sus pies, mochilas y neveras portátiles desgastadas. todos llevan monos de trabajo y fuman tabaco de liar. no hablan mucho, el sueño y el cansancio de suman a la humedad y el calor, para dejar sus cuerpos en una especie de calma de la que sólo salen cuando sudan cada gota de su sueldo en un andamio o con una herramienta en la mano. ellos construyen y reconstruyen las ciudades mientras los dueños de las viviendas pasan el verano en la costa. algunos días, pocos, maldicen el que creían que sería su futuro. otros, también pocos, dan gracias por tener trabajo con arnés de seguridad. la mayoría, simplemente, viven.

historia rusa dice: dos camaradas viejos de partido se ven, y uno dice a otro: has visto? todo lo que nos contaban del comunismo era mentira. y otro dice: no es peor cosa. peor cosa es que todo lo que nos contaban del capitalismo era verdad. Serge Riaboukine, los lunes al sol.

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