(escuchando the xx, xx. un disco fácil, dicen algunos)

el planeta era principalmente una gran llanura casi interminable. tenía algunas pequeñas colinas que se compensaban con diminutos valles sin apenas inclinación, y poco más. la tierra era de color rojizo, como si hubieran machacado cientos de ladrillos de barro rojo y los hubieras esparcido desde el espacio. sobre la superficie, esparcidas aquí y allí, se levantaban grupos de estalagmitas de diversos tamaños que nos transportaban al interior de una cueva con las estrellas como único techo. pero lo que más nos llamó la atención, algo a lo que más tarde nos acabaríamos acostumbrando, fue el silencio, el enorme y devastador silencio que pesaba en el aire. no había ni un ruido. nada. sólo la sensación absoluta de soledad que nos impregnaba a través del traje. y allí estábamos nosotros para cambiarlo todo, para estudiar la posibilidad de crear una colonia, para llenarlo todo de viviendas y de familias felices. es curioso como ahora, desde la distancia, me doy cuenta de que sólo nuestra presencia allí, ya era algo fuera de lugar, que rayaba el óleo de su pureza, que violaba su pausa cristalina. el sonido de nuestras respiraciones a través de las máscaras que nos cubrían la cara fue lo primero que rompió la paz que, a simple vista, reinaba en aquella pequeña roca esférica en la que habíamos aterrizado por orden de la compañía. nadie se atrevía a dar un paso más allá de la escalerilla de la que acabábamos de descender. el peso de la llanura roja y quieta nos impedía mover los pies. la radio retumbó en nuestros oídos. vamos, vamos, señoritas, que no están aquí para hacer turismo. muévanse. ya. la voz del comandante nos despertó del lapso de tiempo vacío en el que nos habíamos quedado pausados. ojalá no lo hubiera hecho nunca.

yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Rutger Hauer, blade runner.